CLAUDIO FANTINI
La sangre corre para que se cumpla el terrible presagio, según el cual Irak estallará en pedazos si no hay una brutal dictadura sunita uniéndola por la fuerza. La seguidilla de masacres perpetradas últimamente parece confirmar la vigencia de ese estigma fatal. Así como también confirma la indiferencia de un mundo que prefiere seguir culpando de todo a la invasión anglo-americana, a pesar del incremento de la violencia fratricida que se dio tras la retirada de las últimas divisiones de combate de EE.UU.
La falta de reacción internacional ante la masacre de cristianos fue la señal más elocuente de esta indiferencia practicada mediante el recurso hipócrita de explicar todo como consecuencia de los estropicios que produjo la ocupación.
A Irak la integran tres grandes etnias, cuyas diferencias explican la fuerza centrífuga que podría dividir el país en tres. Los kurdos del norte, los sunitas del centro y los chiitas del sur son musulmanes, pero mientras chiitas y sunitas son árabes, los kurdos son turcomanos. A su vez, chiismo y sunismo son vertientes coránicas irreconciliables.
Pero hay también minorías de árabes cristianos, como los caldeos, asirios y siríacos, últimas comunidades donde todavía se habla el arameo, la lengua de Cristo. Estas minorías adherían al régimen baasista de los sunitas, porque el baasismo era secular (lo fundó el filósofo cristiano sirio Michel Aflak), por lo que garantizaba el resguardo que no daría un régimen islamista como el que ansían los chiitas. De hecho, Tarek Aziz, el vicepremier de Saddam Hussein, era caldeo.
Esa es la razón por la que los árabes cristianos son detestados por kurdos y chiitas, etnias que fueron víctimas de la incontinencia criminal de Saddam y acusan a caldeos, asirios y siríacos de colaboracionistas del «ancien régime».
Sin embargo, quienes perpetraron la masacre en el principal templo cristiano de Bagdad eran sunitas allegados a Al-Qaeda. Ergo, ultrarreligiosos de la vertiente wahabita que odian a las minorías cristianas por considerar que todo árabe está obligado a ser musulmán, porque Mahoma era de raza árabe.
Para el sunismo wahabita, creencia oficial en Arabia Saudita y dogma de Al-Qaeda, ser cristiano en tierras del profeta es traicionar a la nación y a su máximo exponente. Por lo tanto, los atentados que están diezmando a caldeos, siríacos y asirios tienen la intención de una limpieza étnica.
En la década del sesenta del siglo 19, comunidades maronitas y otras minorías cristianas fueron masivamente deportadas, iniciando una diáspora que las trajo a América. Aquella limpieza étnica advierte sobre lo que podría volver a ocurrir si la indiferencia mundial prevalece. La sangre que está corriendo también lleva este presagio.
Cristianos están en la mira
11/Nov/2010
El País, Claudio Fantini